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EL PEQUEÑO NICOLÁSAUTOR RENÉ GOSCINNY














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REX

Al salir de la escuela he seguido un perrito. Tenía pinta de perdido, el perrito, estaba completamente solo y me dio mucha pena. Pensé que el perrito estaría encantado de encontrar un amigo y las pasé moradas para atraparlo. Como el perrito no tenía pintas de morirse de ganas de venir conmigo, debía desconfiar, le ofrecí la mitad de mi bollo de chocolate, y el perro se lo comió y se puso a menear el rabo en todos los sentidos, y yo le llamé Rex, como en una película policíaca que había visto el jueves pasado.

Después del bollo, que Rex se comió casi tan deprisa como lo habría hecho Alcestes, un compañero que come sin parar, Rex me siguió muy contento. Pensé que sería una buena sorpresa para papá y mamá cuando yo llegara con Rex a casa. Y después le enseñaría a Rex a hacer gracias, guardaría la casa y también me ayudaría a encontrar bandidos, como en la película del jueves pasado.

Pues bien, estoy seguro que no me creeeréis: cuando llegué a casa, mamá no se puso nada contenta. Hay que decir que parte de la culpa la tuvo Rex. Entramos en el salón y llegó mamá, me besó me preguntó si todo había ido bien en la escuela, si no había dicho tonterías, y después vio a Rex y se puso a gritar:

-¿Dónde has encontrado a ese animal?

Yo empecé a explicar que era un pobre perrito perdido que me ayudaría a detener a montones de bandidos, pero Rex, en vez de quedarse quieto, saltó a un sillón y empezó a a morder el cojín. ¿Y era el sillón donde papá no tiene derecho a sentarse, salvo si hay invitados!

Mamá continuó chillando, me dijo que me tenía prohibido traer animales a casa (y es cierto, mamá me lo prohibió la vez que llevé un ratón), que era peligroso, que ese perro podía tener la rabia, y que me daba un minuto para sacar el perro de casa.

Me las vi negras para decidir a Rex a que soltara el cojín del sillón, y además se quedó con un trozo entre los dientes; no comprendo cómo le gustó eso a Rex. Después salí al jardín, con Rex en brazos. Yo tenía muchas ganas de llorar, de modo que eso es lo que hice. No sé si Rex estaba también triste, estaba demasiado ocupado escupiendo trocitos de lana del cojín.


Papá llegó y nos encontró a los dos sentados ante la puerta, yo llorando y Rex escupiendo.

-Bueno-dijo papá-, ¿qué pasa aquí?

Entonces le expliqué a papá que mamá no quería a ex, y que Rex era mi amigo y yo era el único amigo de Rex, u que él me ayudaría a encontrar a montones de bandidos y que haría gracias que yo le enseñaría, y que yo era muy desgraciado, y volví a echarme a llorar un rato, mientras Rex se rascaba una oreja con la pata trasera, lo cual es terriblemente difícil de hacer: lo intentamos una vez, en la escuela y el único que lo conseguía era Majencio, que tiene las piernas muy largas...

-Bueno, espera aquí: voy a tratar de arreglarlo con tu madre. Cuando papá salió de casa, no tenía pinta de estar muy contento. Se sentó a mi lado, me rascó la cabeza y me dijo que mamá no quería perros en casa, sobre todo después del asunto del sillón. Yo iba a echarme a llorar pero se me ocurrió una idea.

-Si mamá no quiere a Rex en casa-dije-, podríamos tenerlo en el jardin.

Papá reflexionó un momento y después dijo que era una buena idea, que en el jardín Rex no haría estropicios y que íbamos a construirle una caseta enseguida. Yo besé a papá...



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